viernes, 13 de abril de 2018

Mecánico de IA-58 Pucará en Malvinas cuenta su experiencia durante la guerra


José Orellano mecánico de aviones IA-58 Pucará en Puerto Argentino durante la guerra de Malvinas. Aseguró que si pudiera elegir volvería a luchar por su país.

Cuando José Orellano llegó a Puerto Argentino, ubicado en la costa este de isla Soledad, ya habían pasado tres días de la recuperación de las Islas Malvinas, el 2 de abril de 1982. Orellano era suboficial y mecánico de aviones IA-58 Pucará de la Fuerza Aérea Argentina (FAA). Su misión no era combatir, sino prestar servicio técnico, pero en una guerra las divisiones de tareas se difuminan al punto de desaparecer.Del 5 de abril al 1º de mayo, todo fue preparativos. "Hicimos los pozos de zorro para ubicar nuestro material para los aviones, los explosivos, los repuestos, todo. Trabajábamos mañana, tarde y noche hasta que empezó el combate. Ahí recibíamos ataques las 24 horas. De día venían de los aviones británicos, y de noche eran cañoneos navales. El aeropuerto parecía un panal de abejas de tantos agujeros", remarcó.

"Perdí a muchos compañeros, varios fueron heridos y ocho murieron. El 1º de mayo, tenía que trasladarme con mi grupo a Darwin, pero me enfermé y me ordenaron internarme. Estaba en la cama y recuerdo que empecé a sentir explosiones que sacudían la tierra. Entonces miré a un señor que estaba al lado mío y le dije: 'Están bombardeando el aeropuerto'. Abrí la ventana y vi el fulgor del fuego consumiendo todo, sentí terror. Pasaron 15 minutos y avisaron que llegaban helicópteros con heridos de Darwin. Muchos eran mis compañeros", contó afligido.

Todo el malestar físico, la fiebre y los dolores desaparecieron en un shock de adrenalina. "Me puse a trabajar con los enfermeros y los ayudé a curar a los heridos durante tres días. Dos fallecieron en la sala de cirugía. A los que sobrevivieron había que llevarlos al baño, limpiarlos, curarles las heridas y sacarles las esquirlas que tenían clavadas en la piel", recordó.

Subof. VGM  José Orellano mecánico de IA-58 Pucará durante la Guerra de Malvinas
Antes de irse del hospital y regresar al aeropuerto buscó a sus dos compañeros muertos que estaban atrás del hospital. "Quería darles sepultura. Le pedí ayuda a cinco soldados conscriptos y los cargamos en una ambulancia, junto a dos muertos más. Los enterramos en el cementerio", agregó Orellano.
Durante su estadía en el aeropuerto, los soldados cavaron sus pozos de zorro para resguardarse, eran sus pequeñas casas. "Yo tenía dos, uno donde dormía y otro en mi lugar de trabajo, en ese me cubría cuando nos bombardeaban. Mi pozo tenía 1,5 metros de profundidad. Había una plataforma que era una pista de aterrizaje desmontable que la había llevado la FAA, eso funcionaba como techo. Entrábamos agachados y podíamos estar en cuclillas o acostados", relató.

"Tratábamos de estar juntos y rezábamos todo el tiempo. Creo que de tanto pedirle a Dios que nos cuide logré salir con vida de ahí. Nuestras raciones diarias eran una sopa, una carne, galletitas, una tableta de chocolate, un jugo de naranja y unas pastillas de alcohol para calentar esa comida. Conseguíamos unas botellitas de Ginebra, yo guardaba un poco de jugo para mezclarlos porque no me gusta sola, sentarnos una hora a tomar eso, era el único momento en el que nos transportábamos a otro lugar", manifestó.

A pesar de sufrir las secuelas del trauma que produce estar en una guerra, Orellano se siente orgulloso de todo lo que vivió, no cambiaría su historia y si pudiera elegir volvería a luchar por su Patria. "A lo mejor sufrí mucho, pero creo que debe ser lo normal, porque nunca me preparé para matar a nadie. Me parece que la guerra no tiene que existir, pero estoy orgulloso de ser un ex combatiente, de haber defendido a la Patria, de la familia que tengo y sobre todo de ser argentino", concluyó.

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